Mañana seguirá nublado el cartel de Schweppes de la Gran Vía

Callao – Cartel Schweppes (Madrid)/ Foto: javisaye

No sé si es porque he tenido mala suerte, pero desde que he llegado a Madrid al levantarme por la mañana y correr las cortinas de mi cuarto no he visto más que días nublados. Había metido entre mi equipaje la cámara de fotos con la ilusión de fotografiar cada resquicio de esta ciudad cansada de que la miren pero cuál ha sido mi sorpresa cuando salía de casa y al darme cuenta de que se me había olvidado la cámara no volvía a mi cuarto para cogerla. Lo cierto es que no tengo ganas de perpetrar el retrato de un Madrid que está gris, feo y cada día más gordo. Las personas que pasean por él estos días comprando loterías o juguetes son más viejas y tienen más arrugas. No sonríen, y parecen ser testigos de la propia extinción de su alegría.

A mí no me gusta hacer crónicas apocalípticas, de hecho detesto esas columnas en los periódicos en las que los escritores se ponen a parlotear de lo mal que va el país, quizá porque ese día iban con prisa y se les habían acabado las ideas. Pero de veras que me veo obligada a reparar en la desazón que me transmite la ciudad a la que amo y escribir sobre qué la pasa, y por qué no está tan guapa como siempre. No paro de dar vueltas al porqué de esa sensación que experimenté nada más bajarme del avión desde Boston, cuando me monté en el coche para ir a mi casa desde el aeropuerto y la ciudad parecía más pequeña y apagada; hacía menos frío que en Vermont pero el ambiente no podía ser más gélido. Era Navidad porque tocaba, pero no porque a nadie le apeteciera celebrar nada.

Pero no hay que engañarse, pues las ciudades son el reflejo de las personas que viven en ella. Y si por esa regla de tres Nueva York está habitada por un atajo de locos, paranoicos y ‘yuppies’ apresurados, Madrid es una villa con dos tipos de personas: las que les gusta sentirse desgraciadas por las desavenencias de la crisis y las que aún no se han cansado de sonreír a pesar de padecer igual o peor que las anteriores. Rodearse de estas últimas resulta mucho más divertido, aunque lo cierto es que por desgracia cada vez hay más amigos que se zambullen en el círculo vicioso del victimismo y la pena. Las depresiones y las enfermedades afloran sin quererlo en cada conversación, aunque los pocos céntimos en la cartera es el tema por antonomasia.

Pero qué queréis que os diga, estoy cansada y me da sueño todo ese rollo de que las cosas van mal en casa, porque lo cierto es que no sé si habrá alguna casa en España en la que las cosas vayan bien. Me da rabia que la gente se vaya contagiando entre sí con sus conversaciones grises y sus días raros. Me niego a esconder la alegría que traigo en mi mochila que me regaló mi amigo Mario desde Middlebury, o mi ilusión por encontrar algún día trabajo y casa en Madrid. Me niego también a dejar de decir lo fascinante que me resulta la época tan en que nos ha tocado vivir, sobre todo para ejercer el oficio del periodismo.

Hoy es lunes, pero un 31 de diciembre nadie se acuerda del día de la semana que es. Ni más ni menos que un lunes de vacaciones, y que por mucha fiesta de nochevieja o propósitos de año nuevo que haya mañana será otro martes, 1 de enero, y el cartel de Schweppes de la Gran Vía amanecerá tan nublado como lo está hoy.

No es gran cosa hacer una metáfora del tiempo para expresar mi poco interés en celebrar en especial el final del año, pero sí considero importante que la emoción que a muchos les produce un día como hoy sirva como motivación para ser conscientes de la actitud que uno tiene frente a esos problemas que les preocupa y por los que tanto se queja.

Yo también tengo ganas de colorear el cielo de Madrid e ilusionarme por los días que vienen, volver a mi cuarto cuando vea que se me ha olvidado la cámara porque tengo ganas de hacer fotos, que no es otra cosa que la expresión del enamoramiento de uno mismo por el mundo que le rodea. Y me temo que eso no va a ser posible hasta que los que se han acostumbrado a caminar cabizbajos se pasen al lado de los que contagian el ambiente de un “hay que tirar pa lante”, porque eso es lo que hacen los paisandos que aman su tierra, de la misma manera que un padre abraza a sus hijos después de un día de trabajo más malo que bueno.

Feliz entrada y salida de año, tú amigo que eres un afortunado por estar aquí.

Sofía Martínez