Mamá, me han reclutado en una hermandad

Si hay algo que no falta en casi ninguna universidad de EEUU son las hermandades. Sí, esas casas con letras griegas a la entrada en las que vive un puñado de chicas o de chicos que buscan con desesperación la vida en comunidad. Middlebury debe de ser una de las poquitas instituciones sin hermandades. Solo tiene una, que se llama KDR y que de vez en cuando monta fiestas interesantes. Pero nada del otro mundo…

Para entender cómo funciona esto de las hermandades, basta ponerse en la piel de una niña o un niño de 18 añitos que llega hecho un guisante a la universidad. Aquí en EEUU casi el 90% de los estudiantes se va de casa para ir a la universidad, lo cual implica su emancipación temprana y prácticamente total con menos de 20 años. Si ya irse de casa es de por sí algo difícil de digerir, nada más llegar al la escuela las hermandades empiezan una campaña de reclutamiento que consiste en gritar a los cuatro vientos lo guay que es su club, con la intención de que el muchacho o la muchacha se apunte a la hermandad.

Pero las cosas no son tan simples: para empezar las hermandades para hombres se llaman ‘frats‘, y las de mujeres ‘sororities‘. “Frat” y “soro” significan hermano y hermana en latín respectivamente. Cuando uno quiere ser parte de una frat o una sorority tiene que ‘rush’ esa hermandad, que podría traducirse por algo así como ‘gánate el entrar en este club de privilegiados’. En general todo este rollo de las hermandades es tremendamente elitista. Todas las hermandades se piensan que son las mejores del campus y tienen un ego que desborda los límites de la imaginación humana.

Las hermandades en los EEUU se remontan al siglo XVIII, así que podría decirse que siempre ha formado parte de la cultura universitaria de este país. Lo que mejor las define es el sentimiento de identidad que tienen las hermandades. Los/as miembros de las hermandades se refieren a los otros miembros como verdaderos hermanos/as, con los que se puede contar durante la vida universitaria y de por vida. Mientras buceaba por YouTube buscando información para este post, me he encontrado con la declaración de una chica que, al preguntarle qué era lo mejor de su hermandad, decía: “saber que si voy a ir a la biblioteca, al comedor, al gimnasio, o a cualquier otro lugar de la universidad siempre voy a tener una hermana con la que estar”.

A parte de las letras griegas, las hermandades tienen otros símbolos, colores o incluso lemas. Para los miembros ser parte de su institución significa muchísimo, la base de su vida social en la universidad. Por eso es tan importante para ellos reclutar a nuevos miembros y continuar con el espíritu de la organización cuando se gradúen. A parte de organizar fiestas salvajes las hermandades suelen hacer actividades de voluntariado o servir a la comunidad de alguna manera.

Al venir de una cultura universitaria tan diferente me cuesta un poco encajar el por qué de estas instituciones. Este sentimiento de aferramiento al afecto y a la vida en comunidad me resulta pesado, forzado, casi artificial. Es como si un sentimiento de tremenda inseguridad invadiera a todas estas personas y las impulsara a juntarse en pequeñas burbujas de chicos y chicas que crean una especie de seguridad virtual y en cierto modo insano. Eso no significa que no me fascine la tremenda cultura popular que se ha creado en torno a estas instituciones, lo que me ha llevado a estar mirando vídeos de reclutamiento de las sororities durante horas.

Hay uno en concreto que me tiene fascinada. Es de la hermandad Kappa Kappa Gamma de la Universidad de Baylor en Waco (Texas), en el que tres chicas de la hermandad (Shelley Keller, Katie Whitmire y Hannah Lee) subieron un video a Youtube en 2011 para reclutar nuevas chicas para su hermandad. Será por el montaje, las localizaciones, la música pegadiza o porque son tres chicas guapas cantando a la cámara frases como: “¿Quieres estar en la cima como yo? ¡Métete en KKG!”, el video se convirtió en viral. Tiene 1.011.826 visitas y  es sin duda el vídeo de reclutamiento con mejor calidad que hay en la red. A pesar de haber buscado y rebuscado otros vídeos parecidos, no hay nada hasta ahora comparado con el “Kappa Rap 2”.

Merece la pena echarle un vistazo a la estética del video. No tiene desperdicio. Aunque la verdad, prefiero quedarme con mi pequeño college de Vermont sin sororities ni frats. Que para hermanos ya tengo el mío, y con eso vamos que nos pelamos.

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Escribe para la revista Translingual


Si eres estudiante de Middlebury College y quieres contar algo de tu cultura o de la forma en la que ves el mundo en tu propia lengua no dudes en mandar un artículo a la revista Translingual. Puedes mandar tu artículo hasta el 1 de abril. Solo tienes que mandarlo al correo sofiam@middlebury.edu con una traducción del mismo. El post “Protocolo Sexual En Un College Americano” es mi artículo para revista, así que como ves puedes hablar de absolutamente cualquier cosa. Incluso de que el chico con el que te liaste anoche no te mira. Cualquier cosa, mientras sea algo relevante de tu manera de ver la cultura americana o la tuya propia. Es una iniciativa estupenda así que todos podemos sacar algo de tiempo para hacer de ella una publicación con importancia en Middlebury.

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Por qué me gustaría tener más amigos americanos

Para los que no estén familiarizados con la edad legal para beber en los EEUU, que sepan que hasta los 21 años se te considera un bebito social incapaz de consumir bebidas alcohólicas. Eso no significa que no puedas comprar un arma o conducir un coche desde que tienes 16. En fin, es la lógica estadounidense de la seguridad y la madurez del hombre adulto que no acabo de entender.

Partiendo de esta premisa empecemos con esta historia. Ayer era jueves, o más conocido como “juebebes”, en el que todos los alumnos del campus que tienen más de 21 años se dan el gusto de acudir al único bar del pueblo, beber un poquito y hacer el tonto con las chicas que tienen en su alrededor. Porque pueden, porque quieren y porque llevan toda la semana levantándose a las siete de la mañana para hacer trabajos y necesitan romper con todo antes de que llegue el fin de semana, que esperan como agua de mayo.

Como buen “juebebes” fui al bar con algunas amigas, de hecho una de ellas cumplía 21 años esta noche y era la ocasión perefecta para quemar el bar y beber unas copichuelas. Todo estaba perfecto, la música era genial y aunque había que esperar un poco de cola para entrar en el bar del pueblo estábamos cantando canciones de Hilary Duff para olvidar que hacía -2Cº mientras la gente estaba demasiado sobria como para apuntarse a nuestro concierto a capela. Cuando llegamos al bar reconocí mucha gente. Amigos de clase, de fiestas… de cualquier lugar, más que nada porque aquí se conoce todo el mundo. Estaban con diferentes grupos de amigos y había que esperar a que se caldease el ambiente para sacarles a bailar un ratito y hacer el tonto con ellos.

Tras unos chupitos y una cerveza, se me ocurrió la genial idea de pillar por banda a un muchacho al cual conocía de haber trabajado con él durante el mes de enero en un proyecto independiente, así que decidí sacarle a bailar. Teníamos la confianza suficiente (o eso pensaba) para estar haciendo un tonto un rato, y luego cada uno a lo suyo. Y cuál es mi sorpresa cuando al cogerle de la mano para bailar a lo “free style” me coge el tipo por la cintura y empieza a magrear. Sin precio aviso, así a palo seco. Y yo me pongo a pensar… ¿qué narices les pasa a estos tíos? ¿Es que no saben diferenciar entre “quiero bailar contigo””quiero acostarme contigo”? ¿Qué les pasa?

Lo peor de todo es que pensaba que este chaval era mi amigo, no solo porque me cae estupendamente si no porque hemos compartido un montón de experiencias juntos el semestre pasado. Pero cuando te acercas a bailar un rato con él, va y quiere lo que cualquier otro tipo desagradable en el bar iría a buscar contigo si te le acercases.

Cuanto más conozco a la sociedad americana (o quizá debería decir la pequeña sociología de un College americano de niños-bien) más reafirmo mi idea de que aquí la frustración sexual es un tema candente. Al tener tanto trabajo aprovechas cada oportunidad para evadirte sexualmente, y te importa un comino quién sea tu amigo o quién no. Lo importante es llevarse a alguien a la cama.

El jueves pasado me pasó exactamente lo mismo. Un chico que pensaba que era mi amigo acabó mordiéndome la oreja e insinuándome básicamente que o le daba un beso o no me dejaba irme. ¿Se puede ser más idiota? ¿Qué les pasa a estos tíos cuando se emborrachan? Yo hago mis mayores esfuerzos por tener la mayor cantidad de amigos que puedo, pero he de admitir que resulta difícil, porque todos, absolutamente todos sin excepción, quieren algo más de ti. Y si no se lo das, se van y les importa un comino lo simpática que seas o lo mucho que les aprecies.

El prototipo de hombre norteamericano es encantador, por lo general guapo y a pesar de comer como un jabalí puede llegar a ser dulce. Pero ojo, si se pone a bailar contigo de manera provocativa y no le das lo que quiere no esperes mucho más. Y en el caso de que acabes enrollándote con él al día siguiente tanto él como tú actuaréis como si no hubiera pasado nada. Este sin sentido es el que dicta las normas de una universidad tan pequeña como Middlebury y es lo que entreteje esta entretela de contactos entre chicos y chicas que, a día de hoy, distan mucho de ser amigos. O amigos de verdad, de esos que bailan de manera divertida sin tocarse el trasero. Ay de ellos el día que le bailen así a una muchacha en un bar de La latina… se les va a caer el mundo encima. O el pene.