El síndrome post-Erasmus y la España cañí

Con la frente marchita, así dice la canción que uno “vuelve”. ¡Oh el verbo! Volver es casi tan duro como irse. Es una aglomeración de acontecimientos, despedidas y excesos de equipaje que se amontonan en unos cuantos días y que van haciendo eco en nuestros cerebros aturdidos durante semanas y semanas. Ecos de cosas que ya no están, y que deberían, que para eso el hombre es un animal de costumbres. Volver a una casa que no huele a ti, dormir en una cama que no está donde debería y volver a ver a unos amigos que hablan raro, con acento madrileño, aunque ellos no se hayan dado cuenta.

Hace un mes exactamente que acabé los exámenes en Middlebury. Desde entonces ha transcurrido un semi-lento proceso de adaptación al medio conocido en el que había que volver a las viejas costumbres sin perder las buenas manías que a uno se le han pegado de vivir solo. Volver a la casa de uno le hace más niño, más vulnerable, le hace sentir extraño y con una sensación particular que es una empanada de vacaciones ociosas y rutina pesada.

Quizá sea algo personal y no tenga nada que ver con la tónica general. Pero no sería la primera vez que uno oye hablar de lo que llaman el síndrome post-Erasmus. Una patología que afecta a muchos de los muchachos y muchachas españolas que al volver a una España sumida en la deuda, el paro y el malestar general padecen de ansiedad, decaimiento emocional y físico y muchas, muchísimas ganas de comer croquetas.

El discurso que se vende por la televisión de quienes nos vamos de Erasmus, o de convenio en mi caso, es que se han pasado el año de juerga y que, claro, como vuelven y se les acaba el chollo pues se deprimen. Pobres diablos. Mis queridos medios españoles, ranciosos y plañideros…. Estáis oxidando lo inoxidable. Seguís contaminando las neuronas ajenas. A uno le entran ganas de montar un diario independiente después de estar un año fuera, porque al volver no hay quien encienda la tele.

Son tantas las cosas de las que uno se da cuenta cuando vuelve a esta España cañí… a esa que huele a camarero rechonchito de camisa semi-abierta y vello, chicas de pelos y ojos castaños que sujetan carpetas en su camino a Ciudad Universitaria, gente que fuma (¡cuánto se fuma en Madrid!) y calorazo.  No seré yo la que diga que hay que salir por patas de aquí, porque precisamente ahora es cuando más importa ser un sujeto social activo. Pero madre mía, si no vemos las cosas desde fuera y nos replanteamos quiénes somos (y para eso ayuda mucho pasar una temporada lejos de aquí) vamos a seguir saltando a la comba con la mediocridad y el abuso.

Y con esto doy por concluida mi etapa de bajón post-Erasmus ¡Feliz verano! Próximamente emitiendo otra vez dede Pontevedra con los diarios de un becario en un periódico local.

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