Chove en Santiago

‘Chove’ en Santiago, como de costumbre. Pero esta mañana la lluvia sabe más amarga que nunca. Una ciudad entera está en shock. No hay fiestas ni día grande, solo caras tristes y mochilas con chubasqueros. El maravilloso y alegre Santiaguiño ha sacado hoy a pasear su gorro de color plomizo y camina cabizbajo sobre unos adoquines mojados que no tienen ganas de besar las sandalias de los peregrinos que coronan hoy su viaje hasta el Obradoiro.

Es primera hora en el aeropuerto de Santiago. Aquí reina un silencio incómodo, cansado, como si todas las personas que están en esta terminal apurando los cafés no hubieran dormido en toda la noche. Yo tampoco dormí. La escalofriante cifra de personas que dejaron este mundo a solo unos kilómetros de aquí le pone a uno los pelos de punta y le roba las palabras para escribir. Es como si no hiciera falta decir nada.

Acercarse al kiosko de prensa es todo un acto de valentía. Hay que haber desayunado algo esta mañana para echar un vistazo a las portadas de los diarios y experimentar ese déjà vu de imágenes que ayer estuvieron alimentando las televisiones de todo el país en bucle al estilo CNN. A cinco columnas y todo color hay un desfile de fotografías de pies desnudos petrificados y cuerpos tapados con mantas improvisadas, gente llorando, caos y una marea de donantes de sangre.

 Ayer la redacción del Diario de Pontevedra era un lugar de acción. El sonido de la radio se escuchaba de fondo desde el despacho del director, quien le daba órdenes a los de maquetación para cambiar la portada del periódico. La redactora jefe no paraba de escribir y de hacer llamadas con una eficiencia fuera de lo común mientras los redactores se arremolinaban ante un ordenador a contemplar horrorizados las imágenes que nos llegaban de las agencias. Yo cubría una noticia de educación que probablemente iría a la papelera después de la reestructuración de cabo a rabo que sufrió la edición de hoy a eso de las doce de la noche.

Si miro por la ventana de la terminal solo puedo ver una espesísima niebla y una lluvia que castiga las ventanas acristaladas del aeropuerto. El verde gris de los carballos en fila india se funde con el ir y venir de aviones que peinan sus copas en la pista de despegue. En el marco de la ventana hay un pequeño pajarito empapándose mientras intenta esquivar las gotas de lluvia. Observar a este pequeño ser mojado tiritar mientras dirige sus diminutos ojos a la pista me hace sentir como si yo también estuviera calada hasta los huesos. “Qué injusto”, debe pensar, “esos mosntruos de metal se elevan con tanta facilidad…”. Le va a costar alzar el vuelo un día como hoy. Y a mí también.

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De cómo superar una ‘crisis redaccionil’ sin ser Flaubert

Uno de los mayores problemas de la prensa escrita es que tienes que ser un Bécquer todos los días. A mí me dan envidia esos redactores de las secciones de economía cuyo trabajo consiste en decir lo que ha pasado, si la bolsa sube, baja o si el Dow Jones estaba perezoso esta mañana. Me dan envidia porque yo me paso los días dándome cabezazos en la sección de cultura, tratando temas preciosos pero tan complejos… no se puede hablar de música, ni de cine, ni de teatro así sin más.

Un concierto no es información por sí solo, lo que es información es cómo bailaban los chavales entre el público, quién tarareaba las canciones o cómo miraba el guitarrista a una chica entre el público. Si te olvidas de estos hechos insignificantes que hacen de tu crónica algo digno corres el peligro de caer en la mediocridad y de que tu artículo se desinfle y se quede en un espantapájaros de letras, delgaducho y nada apetecible.

Este es el mal que me corroe todos los días cuando me siento en mi mesita (ya hay que dar las gracias por tener una siendo becario) y me pongo a aporrear el teclado. Me da muchísima rabia, porque basta con que esté hasta arriba de ideas todo el día para que en el momento en que me ponga a escribir se me desinflen los talentos. De repente no tengo nada que contar, no hay síntomas de originalidad en mis frases ni metáforas gráficas. ¿Será que no valgo yo para esto? ¿O será que no me he estrujado las sienes lo suficiente? El vocabulario y las palabras son limitadas, y cuando no paras de usarlas se gastan.

Estos días me he puesto a pensar y he descubierto el antídoto a las amenazas de esta ‘crisis redaccionil’. Estar todo el día en una redacción produciendo te lleva a pasarte las horas barriendo los recovecos de la memoria buscando palabras que no habías usado, y eso es un recurso limitado a largo plazo. Por eso, ayer al llegar a casa cogí a Flaubert con más ganas que nunca, me puse a ver documentales sobre delfines y funambulistas y escuché a The Weepies durante dos horas seguidas. Y así, a base de información fresca y genialidad ajena poco a poco voy rellenado mi cabeza del vaciado cultural que sufro a diario.

Me tranquiliza pensar que las ideas vuelven a surgir cuando alimentas las neuronas. Al fin y al cabo nadie somos Bécquer ni pretendemos serlo. Y menos aún los periodistas, que tenemos que contar cosas al mundo todos los días y no tenemos tiempo para florituras al teclado. Supongo que es normal caer en una de esas ‘crisis redaccioniles’, seguro que hasta Flaubert también las tuvo. Aunque  no sé yo…