Llegar a Galicia

Cuando miras por la ventana del avión y ves casas bajas, una marea verde de árboles, prados y carreteras pequeñas vas haciéndote a la idea de que has entrado en Galicia. El piloto anuncia que debemos estar a unos 8 km del suelo, pero según el avión baja para tomar tierra atraviesas una espesísima nube blanca y el sol se queda arriba, por encima de las nubes, y las ventanas del avión se empañan y se llenan de gotas muy finas que corren como espermatozoides por los cristales.

Ya estás en el suelo. Coges la maleta, atraviesas la pequeña terminal de Vigo y nada más salir afuera te inunda un aroma a humedad y a frío cálido. Apenas hay gente que espera, o gente que se va. Todo está tranquilo, y te da la sensación de estar en otro país viniendo de la Terminal 4 de Madrid, que es como una pequeña ciudad en forma de aeropuerto.

Es curioso, pero aquí se respira de otra forma. Al fumar, tus pulmones respiran un aire verdadero, un aire puro, y se te olvida la pegajosa sensación de respirar a medias, como pasa en todas las ciudades en las que reina un sombrero amarillo de contaminación.

Llegar a Galicia es, para cualquiera que se lo proponga, llegar a casa. No importa si vienes de Madrid, de Cádiz o de cualquier otra parte. No es la primera vez que llego a Galicia, pero ésta se presenta de manera distinta. La emoción de llegar a un lugar y pensar que has llegado aquí para contar historias, para conocerlo, desmigajarlo y aprender de él te reportan una sensación de júbilo que te desborda y te hace sentir de miedo. Supongo que es la sensación que tiene cualquier periodista que viaja, pero para mí esta la primera vez. Y me gusta.

Sofía Martínez

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